diciembre 20, 2005

A propósito de una lectura de Borges, por Martín Figueroa (parte II)

I

“Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas!
Hacedla florecer en el poema.”

Vicente Huidobro


Cuando el plazo nuevamente se cumple, el poeta llega ante el rey con una nueva obra, que es menos extensa que la anterior. Lo curioso es que el poeta no siente la seguridad que sentía en la otra ocasión, ahora se halla dudoso de su texto, como si él mismo no entendiese lo que escribió. Esta vez el poema ya no describe la batalla, sino que es la batalla misma. Ya no se trata aquí de la poesía como la continuación de una receta probada, sino que ahora se trata de desplazar, de superar y producir un desvío con respecto a la tradición. Toda referencia a la tradición es desde ahora encubierta. El autor, construyendo su obra ha llegado a un punto en que toma distancia de otros autores, oculta sus fuentes pues ahora mantiene una relación polémica con la tradición, no se acomoda a ella, la combate y se aleja. En el nuevo poema que el poeta lee, no hay imágenes conocidas, ni tampoco metáforas ya existentes; no hay relación con la tradición poética anterior, como dijimos antes, se trata de un desvío de ella. No se respetan ya las reglas mínimas de la gramática poética: “Un sustantivo singular podía regir un verbo plural. Las preposiciones eran ajenas a las normas comunes”. “Las metáforas eran arbitrarias o así lo parecían.”
El rey queda conforme con la nueva oda, le parecerá no sólo que es mejor a la anterior, sino que valora justamente ese desvío de la tradición. Ambos, poeta y rey, dan paso a otra época, son parte de un relato que da cuenta de la profesionalización de la escritura, la cual viene a introducir aquí la clausura de una época pre-moderna:

“Esta supera todo lo anterior y también lo aniquila. Suspende, maravilla y deslumbra. No la merecerán los ignaros pero sí los doctos, los menos. Un cofre de marfil será la custodia del único ejemplar. De la pluma que ha producido obra tan eminente podemos esperar todavía una obra más alta.”

El premio esta vez consistirá en una máscara de oro. Notamos que la historia se repite, nuevamente le es encomendado al poeta que escriba otra obra que supere a la anterior, una obra que sea mayor. El plazo nuevamente es de un año, y al cabo de éste, el poeta se vuelve a presentar ante el rey con una nueva oda. El primer dato que nos llama la atención, es que el rey casi no reconoce al poeta, parecía otro, algo había cambiado en su mirada, parecía ciego o como si sus ojos miraran un horizonte muy lejano. Ya no tenía la seguridad de la primera ocasión, y en menor medida de la segunda. El rey le pregunta si es que acaso no ha escrito el poema, el poeta le contesta que sí, aunque su respuesta nos sorprende por lo enigmática:

“-Sí –dijo tristemente el poeta- Ojalá Cristo Nuestro Señor me lo hubiera prohibido.”

Es tan grande la consternación del poeta que no se atreve a pronunciar su oda, el rey le concede el valor que necesita. Esta vez la economía es máxima: el poema consta de una sola frase; ni poeta ni rey se atreven a pronunciarla en voz alta, los dos -se diría- gozan dolorosamente con este nuevo poema. El rey enumera todas las cosas maravillosas que ha podido presenciar en su condición de rey, todas esas cosas no tienen comparación con el poema, que de un modo misterioso también las encierra [1] . El rey le pide al poeta le revele la forma en que logró escribir el poema, el poeta responde:

“-En el alba me recordé diciendo unas palabras que al principio no comprendí. Esas palabras eran un poema. Sentí que había cometido un pecado, quizá el que no perdona el Espíritu.”

El rey concluye:

“-El que ahora compartimos los dos. El haber conocido la Belleza que es un don vedado a los hombres. Ahora nos toca expiarlo. Te di un espejo y una máscara de oro; he aquí el tercer regalo que será el último.”

El regalo, como ya lo adelantamos, es una daga con la que el poeta se da muerte al salir del palacio; del rey, lo último que sabemos es que se hizo mendigo y que recorre los pueblos de una Irlanda que fue su reino, y que nunca se ha atrevido a repetir el poema.
La tesis que sostiene esta lectura es que la muerte del poeta es necesaria desde el momento que el poeta no tiene más nada que decir. Su lenguaje, su habla se ha agotado, se ha reducido a la más mínima expresión; cuando ha logrado llegar a esa economía de la palabra no tiene más nada que hacer en este mundo y debe morir. La tarea que le ha sido encomendada tiene un precio muy alto para el poeta, pero también para el rey. Después de escuchar el último poema, el rey no volverá a ser el mismo, pues nunca más podrá apreciar una belleza superior a la del poema; ya no puede haber riqueza que le sea equivalente. Todo lo que el rey recuerda haber visto o vivido se halla al interior del poema, es capturado por él, luego de eso el rey no puede hacer nada. Su vida, su riqueza, su historia, todo ha quedado preso en el poema y lo paradójico es que ese poema sólo consta de una frase.
Podemos preguntarnos aquí: ¿qué es aquello que el texto denomina Belleza? ¿Por qué es un don vedado a los hombres? ¿Qué consecuencias tiene aventurarse sobre un terreno que está vedado a los hombres? Si reemplazamos la palabra Belleza, por esta otra palabra, Universo, damos con una clave que nos permite interpretar el texto a la luz de otro de los temas reconocibles en Borges. Afirmamos aquí, que lo que el último texto del poeta revela o muestra –más bien lo que este último poema contiene- no es otra cosa que el Universo. Ese Libro que es el Universo y que pertenece a la creación de un Dios y por tanto debe permanecer oculto y prohibido a los mortales. El poeta debe morir ya no sólo porque haya agotado su palabra, sino porque es imposible seguir viviendo después de contemplar aquello que no está permitido. La escritura se sitúa así entre lo sagrado y lo profano, entre lo divino y lo humano, pero ante todo entre la vida y la muerte. Necesidad de la muerte, necesidad de arrojarse a ella para sobrevivirle; la posteridad de un autor dependerá de su muerte. Más, adelante lo veremos. La situación en la que quedan poeta y rey es similar a la de otros personajes borgeanos. Ireneo Funes [2] por ejemplo está condenado a recordar cada hecho que ha vivido o sobre el que ha leído; cada hecho ocurrido en la historia es registrado por su memoria. Su memoria es como un libro que se escribe permanentemente, infinitamente. Ese libro no es sino repetición. Es el universo; todo lo que en el universo ha sucedido, sucede o sucederá queda registrado en este libro que es la memoria de Funes. La existencia de este personaje es limitada en la medida que su tarea es ilimitada. Si uno no es capaz de olvidar cualquier hecho, aunque éste en realidad carezca de importancia, está condenado a arrastrarlo por una eternidad, al igual que Sísifo, en el mito griego arrastraba sin fin una gran piedra por la colina.
La cuestión es esta, se trata siempre de hacer expiar las culpas al héroe. El precio es alto para quien se aproxima demasiado cerca de lo prohibido. La morada de los dioses, pero también su destino, su inmortalidad son un lugar vedado a los mortales, para éstos permanece oculto el orden de la creación de las cosas, el Universo. Si lo divino es ajeno y oculto a los mortales, entonces el Universo, que es creación de los dioses (varios o uno), permanece inexpugnable y lo que es aún peor, es incomprensible para los hombres. El universo es aquello que para el hombre no tiene explicación; el hombre forma parte del universo pero en ningún caso esto quiere decir que lo conozca, que lo comprenda.
El tema del universo no lo abordaremos aquí, señalemos sin embargo que ese tema se ha deslizado por debajo de nuestro texto. El infinito, lo ilimitado, la posibilidad de que de que una sola cosa sea “todo para todos”.

Notas:
[1] Esta lógica de la captura es muy común y recurrente dentro de la literatura. Está presente por ejemplo en el cuento de Edgar Allan Poe “El retrato oval”; en la novela de Oscar Wilde El retrato de Dorian Gray, así como en otro relato de Borges, que resulta muy interesante para nuestro propósito: “Parábola del palacio” en El Hacedor, Obras Completas, T.II, EMECÉ Editores, 1996. Lo interesante de esa historia es que constituye lo que podríamos decir es otra versión de la historia que ahora nos ocupa. Se repiten allí, el rey, el poeta y la muerte.
[2] Cf. J.L. Borges, “Funes el memorioso”, en Ficciones, Obras Completas, T. I, EMECÉ, Editores, 1996.

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